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Por: Padre Alberto Ignacio González

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Domingo de Ramos: Mc 11, 1-10; Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1 - 15, 47.

En los tiempos que yo bailaba salsa me encantaba bailar con chicas que fueran principiantes. Eran mis favoritas por la simple y sencilla razón que representaban un reto para mi. El reto era adaptarme al nivel de baile que ellas se encontraban para entrar en un clima de confianza, pues si te ibas muy elevado la mujer se asusta y no baila más contigo. El deber del varón siempre es que la chica luzca bien bailando. Para eso había que ser condescendiente, no exigente.

Isaías hoy nos revela algunos detalles de la identidad y misión del “siervo sufriente.” Aunque Isaías no revela su identidad, sabemos que tiene oídos para escuchar la palabra de Dios y lengua para proclamar su mensaje. Pero, proclamar su mensaje le costó el poner su espalda para ser flagelado, su cara para ser escupido y las mejillas para arrancar los pelos de la barba, algo que en la cultura masculina de la época era considerado una humillación.

Pablo, por su parte, nos revela que Cristo, siendo Dios, tomó la condición de esclavo. Inclusive, se somete a una muerte en una cruz. La cruz era la forma en que morían los peores criminales en el Imperio Romano y fue esa forma tan baja la que Cristo decide morir. Pero, más adelante dice que no fue un signo de humillación, sino de exaltación, pues al hacer la voluntad de Dios es Dios mismo el que lo eleva al rango más alto y el acto pasa a ser un acto de gloria al Padre.

El domingo pasado reflexionábamos sobre el aspecto salvífico de la presencia de Cristo en nuestras vidas. Hablábamos sobre la importancia de abrirnos a la gracia de Dios, que fluye de su sangre derramada en la cruz, que es la única capaz de perdonar todos nuestros pecados. Hoy, comienzo de la Semana Mayor, reflexionamos sobre la identidad y misión del Salvador y cómo eso se refleja en nuestras vidas. La salvación fue fruto de su condescendencia.

¿Por qué fue fruto de su condescendencia? Condescendencia viene del griego “condescendere,” que significa “el que se acomoda a la voluntad de alguien más.” Su victoria sobre el pecado y la muerte no fue una victoria militar, sino una victoria de humildad y obediencia al Padre. Fue tan obediente que estuvo dispuesto a sufrir el abandono de la cruz, aun siendo Dios. Pero, ¿por qué nos ama con tanto apocamiento y abandono?

Asi como el hombre se adapta a la mujer para que la mujer luzca bien bailando, Cristo mismo se adapta a nuestra propia forma humana para que podamos entender lo mucho que nos ama y que nada nos separa del amor que Dios nos tiene. De esa misma forma Él nos da el ejemplo de apocamiento para que nosotros mismos nos apoquemos por el bien del otro llevándoles la buena noticia de salvación. Hay que estar dispuesto a ocupar el último puesto para demostrar cuanto Dios nos ama.