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Por: Padre Alberto Ignacio González

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Solemnidad de La Anunciación: Is 7, 10-14. 8, 10; Sal 39; Hb 10, 4-10; Lc 1, 26-38.

¿Recuerdas el día que le diste el “sí” a tu pareja? ¿Acaso no te sentiste que a partir de ese momento tu vida cambió para siempre? No es lo mismo estar soltera y disponible que estar comprometida con un caballero, pues, no solo significa que no estás en el mercado de solteras, sino que todos tus pensamientos, sentimientos y deseos girarán en torno a esa unión que está por concretizarse. La vida de uno ya no vuelve a ser la misma.

Hoy María, al estar desposada con José, recibe lo que quisás es la petición más grande que se le puede hacer a una mujer dentro del drama de la Historia de Salvación. Entiendase por “desposada;” aquella mujer que, aún no estando casada, ya había hecho un compromiso público para casarse. Es en medio de esa realidad en su vida que Dios le hace la petición, a través del Arcángel Gabriel, de ser la madre de su Hijo, aquel que ha de venir al mundo para construir el Reino de Dios.


Ocho siglos antes de este acontecimiento, Isaías le dejaba saber al Rey Acaz que Dios iba a darnos una señal a través de una “virgen” “encinta.” Esto es todo un misterio, pues si está encinta deja de ser virgen, pues es necesaria la penetración para que eso ocurra. La razón por las palabras de Isaías fue porque el Rey Acaz estaba haciendo alianzas con naciones paganas en vez de poner su confianza en Dios. Ocho siglos después es que llega al mundo, a través de una virgen, el que hará la voluntad de Dios.

¿Y cúal es la voluntad de Dios? La Carta a los Hebreos nos habla que se ha preparado un cuerpo para que se pudiera hacer la voluntad de Dios. Ya los sacrificios en el templo con animales ya no serán necesarios para el perdón de nuestros pecados pero se ha preparado un cuerpo humano para llevar a cabo el único sacrificio para el perdón de los pecados. Su llegada al mundo se da de una manera ordinaria y discreta pero para cometer un acto extraordinario de amor por nosotros.

El “sí” de María, no solamente trajo un cambio a su vida, sino que trajo un cambio a la vida de todos nosotros. Su “sí” no solamente la convirtió en la Madre de Dios, sino que nos convirtió a todos nosotros en beneficiarios del plan de Dios. Esto nos hace partícipes del plan de salvación que nos dará la herencia de vida eterna y la filiación divina, el que todos seamos hijos de Dios. Por tanto, María, no solamente es Madre Dios, sino madre nuestra.

Esta Solemnidad de la Anunciación es una celebración del mejor “sí” que una mujer pudo haber dado en todos los tiempos. Gracias a ese “sí” esto es una celebración de la alegría que genera la salvación de Dios. Después de este “sí” no hay duda que nuestra vida no volvió a ser la misma. Si ser esposa y ser madre es uno de los honores más grande que una mujer puede tener, ser la Madre de Dios es el mejor de todos los honores. ¡Gracias María por tu “sí"!