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Por: Padre Alberto Ignacio González

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III Domingo de Pascua: Hch 3, 13-15.17-19; Sal 4; 1 Jn 2, 1-5a; Lc 24, 35-48.

En los ocho años que trabajé como periodista, antes de entrar al seminario, entendí que no es lo mismo saber algo por escucharlo o leerlo que saberlo porque se estuvo presente en el evento o se habló con la persona. Por ejemplo, en mis tiempos en la profesión se hablaba mucho de Daddy Yankee ya que muchos escuchaban su música, leían sobre él o escuchaban noticias al respecto. Sin embargo, yo compartí con él y sabía de primera mano cosas que no se decían en los medios.

Pedro hoy se dirige a las autoridades judías como testigo de la resurrección del Señor. Incluso, comió pescado con Él luego de una de sus apariciones. Pedro hace referencia a las Escrituras cuando dice que Jesús es la revelación del Dios de sus ancestros (Abrahán, Isaac y Jacob). Jesús satisface toda expectativa mesiánica. Además de hacer referencia a las Escrituras, también da testimonio de que Cristo resucitó por el poder de Dios y por ese poder tenemos una nueva vida revestidos de Cristo.

Como testigo vivo de la resurrección, Pedro estaba cumpliendo con el mandato que Jesús le hace a sus discípulos: predicar la buena noticia del arrepentimiento y el perdón de los pecados. Este envío que le hace a los apóstoles es para predicar el carácter salvífico que este evento trae en nuestra historia humana. Este evento, incluso, les abrió la mente y entendieron las Escrituras. Jesús es la promesa de la Ley, los Profetas y los Escritos Sapienciales.

Juan, otro de los testigos vivos de la resurrección, nos recuerda en su Primera Carta la transformación que se da en nuestras vidas. El fruto de la resurrección es cuando cumplimos sus mandamientos. No se trata de tener conocimiento de ellos, se trata de vivirlos. Cristo es la presencia de Dios en el mundo e intercede por nosotros ante el trono de Dios por el perdón de los pecados. El amor de Dios se manifiesta cuando somos obedientes a sus mandamientos, así somos transformados.

Por tanto, ¿conocemos lo que nos han dicho del Cristo Resucitado? o ¿conocemos a Cristo Resucitado? Conocer a Cristo Resucitado es tener un encuentro con Él todos los días de nuestras vidas. Lo conocemos en la Palabra de Dios, en los sacramentos y en medio de la comunidad de fieles. Conocer al Resucitado es reconocer que es la plenitud de todas nuestras aspiraciones y que, como resucitado, nos invita a que nuestra meta sea el Cielo.

Conocer al Resucitado es vivir la vida del Resucitado. Somos capaces de predicar la buena noticia del arrepentimiento y perdón de los pecados si damos testimonio de vida de ambos, si no es así, estaríamos contradiciendo lo que predicamos. Predicar al Resucitado dando un anti-testimonio de vida cristiana hace que el mensaje pierda autenticidad. La obediencia a los mandamientos es vivir la vida del Resucitado porque conocemos al Resucitado.